Nuestra andadura peregrina comenzaba un buen día 31 de mayo, cuando a las diez de la noche aproximadamente nos pusimos en camino hacia Santiago de Compostela; íbamos 30 miembros de las 3 Salas y nos acompañaban Tere, Yolanda, Rosa, Milagros, y Marta. Como Hermanas M. Virginia y H. Laura.
Llegamos a Santiago a las 11:30h cansadas, pero muy contentas. El plan para ese día era pasarlo tranquilamente en el Cottolengo. En la Comunidad nos hicieron un gran recibimiento.
El día 2 de junio nos tenía preparada una hermosa sorpresa: íbamos a ir a la Catedral de Santiago a la Misa del Peregrino. Llegamos con tiempo, y ya nos estaban esperando; nos habían reservado un sitio en primera fila en la nave del transepto que da a la Plaza de la Inmaculada. Además, comunicaron que un grupo que había venido de Estados Unidos habían hecho la Ofrenda del Incienso, con lo cual podríamos ver desde una situación privilegiada el vuelo del Botafumeiro. Durante la homilía, el celebrante se refirió varias veces al Cottolengo, fue una celebración muy emocionante, con la Catedral llena de peregrinos, y entre ellos, el Cottolengo.
Salimos en dirección al autobús para ir a comer y a comprar a un centro comercial llamado “As Cancelas”. Es muy nuevo, y comimos muy bien; cada una pudo comprar lo que quiso, y también se reservaron detalles para las que se habían quedado en Barcelona.
Y con la cena y el acostado se acabó este hermosísimo día en la ciudad del Apóstol.
Para el día siguiente, 3 de junio, Nuestro Señor nos tenía preparada otra hermosa vivencia: por la mañana nos fuimos a la isla de la Toja, bellísima. Seguimos luego con nuestro paseo, y enseguida se hizo la hora de comer, así que nos recogió el autobús, y nos llevó al restaurante “Rosendo”, que quedaba al final de una carretera muy estrechita y con muchas curvas, “como la de la Castanyera”, decían las enfermas. Allí nos sirvieron una comida riquísima.
Acabada la comida, nos quedaba el otro “plato fuerte” del día: Un viaje en el catamarán de “Pepiño”, hasta una batea donde se crían mejillones; en el fondo del catamarán había unas ventanas a través de las que se veía el fondo del mar, y hasta nos ofrecieron unas bandejas enormes de mejillones, invitándonos a que les diésemos algunos a las gaviotas, cosa que hicieron las delicias de las enfermas, que veían cómo las gaviotas les cogían al vuelo el mejillón.
Amaneció un nuevo día, el 4 de junio, que nos prometía ser tan intenso como los anteriores: por la mañana una agrupación de música tradicional, con gaita, tamboril, bombo y pandereteiras, que nos tuvo unas 2 horas bailando y cantando, y luego una Comida de Hermandad, en la que compartimos una deliciosa paella con las enfermas y las hermanas del Cottolengo de Santiago; después nos agasajaron con una representación de una canción muy alegre, y con algunos trabajos manuales hechos por ellas. Nosotros también les dimos unas conchas de vieira decoradas, que habían hecho en terapia. Hubo un ambiente de fiesta todo el día.






























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