Retazos
de mi vida
B de BALANZA
Sí, os cuento un trocito más de mi vida.
Esa A de Amor que ya dejamos, seguía irrumpiendo con toda su fuerza en cada momento de mi existencia. Todo un Dios que se hace pan había llegado hasta mí.
Y, ahora, era yo el que tenía que responder a ese Dios tan grande. Era el momento de sopesar en la balanza de mi vida mi pasado, mi presente y mi futuro.
En 1891 terminé mi bachillerato. Tenía 16 años y me encontraba en perfecta disposición para enfrentarme con los problemas que supone una elección de estado.
Dicen los que me conocían que había un equilibrio entre mis facultades y mi medianía intelectual.
El secreto de este equilibrio era muy sencillo: aplicación y asiduidad en el trabajo y mi gran amor a Dios, que estaba acompañado por una verdadera obsesión por los pobres y enfermos.
No tenía nada claro con respecto a mi futuro.
Y no conocía la Compañía de Jesús. Pero la balanza cada vez se inclinaba más hacia ese platillo que me empujaba hacia la vida sacerdotal o vida de consagración al servicio de mis hermanos.
Claramente Dios me llamaba para Él. La balanza ya se había inclinado determinadamente.
¿Y por qué los Jesuitas? Uy… Los caminos de Dios son providenciales y donde menos te lo esperas, Él está acompañando y guiando.
Primero, creo que lo que me llegó muy hondo fue la lectura de la biografía del P. Bernardo de Hoyos. Encendió en mi corazón la llama del amor hacia Jesús, cuyo conocimiento e imitación era el objeto de mis predilecciones y el ideal de mi vida. Y pensé que podía seguir los pasos del P. Hoyos ingresando en la Compañía de Jesús. Cuando esto me rondaba en la mente y en el corazón conocí al primer Jesuita: el P. Ildefonso Roca que predicó en Tarrasa.
El tercer resorte que inclinó mi balanza hacia la Compañía fue el llegar en Barcelona a la Iglesia de los Jesuitas de Caspe y, allí, confesarme con el P. Soler.
Ya tenía el pleno convencimiento de lo que Dios quería de mí.
Y, ahora, empezaba lo más difícil: que en casa aceptaran mi camino. Mi padre había muerto en 1888 y era mi madre la que estaba decididamente opuesta a separarse de mí. Amaba a mi madre tiernamente, pero tenía que llevar adelante, hasta el fin, mi decisión, tenía que permanecer con la confianza puesta sólo en Dios. Mi madre me invitaba a que entrase en el seminario y así, de sacerdote, podía seguir estando cerca de ella.
Haciéndome cargo de su buena intención, decidí condescender un poquito a sus deseos. Se trataba de tener paciencia y esperar.
El curso 1891-1892 entré en el Seminario sin desistir lo más mínimo de mi deseo de entrar en la Compañía de Jesús. Y mi madre hacía todo lo posible para retenerme a su lado.
En 1892, en una comida familiar volví a insistir dando un montón de razones, para pedir tan anhelado permiso.
Mi madre, en uno de esos momentos que todos tenemos, dijo: «Haz lo quieras, ya te puedes ir cuando gustes».
Creo que no se dio cuenta de lo que decía, pero yo me agarré a aquella frase como a un mástil salvador. Era la voluntad de Dios.
Y aunque me costaba separarme de todos y de todo lo que más quería, dejé una carta a los míos y me fui al Noviciado de los Jesuitas de Veruela. No hubo tormenta. Mi madre quedó conformada y me aconsejó que perseverará en mis propósitos y que deseaba que muriese Jesuita.
La balanza de mi vida estaba totalmente inclinada hacia ese AMOR que me había conquistado: me consagraba a Dios en la Compañía de Jesús.
C de CUADRAR
Hola amigos. Después de la A de Amor y B de Balanza, os quiero contar lo que significa la C de Cuadrar en mi vida.
Con el permiso de mi madre, que ya sabéis todo el trabajo que costó que me lo diese, empezaban a cuadrar un poquito las cosas en mi vida.
El 30 de agosto de 1892 llegué al Noviciado de Veruela y desde el primer momento me sentí como pez en el agua. Allí, a los pies de la Virgen de Veruela, pasé seis años de mi vida en el seno de la Orden en la que ansiaba consagrarme para siempre.
La vida metódica y ordenada del Noviciado cuadraba totalmente a mi espíritu.
Deseaba estar en la continua presencia de Dios y mi anhelo era vivir sólo para agradarle, amarle y venerarle, sin perder de vista mi finalidad (y casi obsesión) que eran los pobres, los humildes y los desamparados.
Pero no penséis que todo era de color de rosa. La verdad es que no.
Tuve dificultades que no cuadraban en mis planteamientos.
Problemas físicos como fuertes molestias y dolores de estómago y mucho frío, pero de estas cosas no se enteraba nadie ni yo me quejaba porque eran las mortificaciones que el Señor me daba y yo se las ofrecía «con mucho gusto»
Otra cosa que no cuadraba en mis primeras aspiraciones eran los estudios. Iba renqueando todos los cursos. El griego se me atravesó y me veía incapaz de superarlo.
Llegué a pedirle a los superiores dejar los estudios y continuar en la Compañía como hermano coadjutor.
Pero, por otro lado, el catecismo con los niños se me daba bien y me decían que podría ser un buen apóstol en la enseñanza del catecismo y en la formación de los jóvenes.
Y lo que estaba descuadrado empezó a cuadrar, desaparecieron las nubes, las dudas y la desorientación.
Por gracia de ese Dios que tanto me ama, continué los estudios sin más tropiezos, en Veruela y después en Tortosa.
Durante este tiempo y a medida que avanzaba en los estudios, sentía crecer en mí alma el celo por la instrucción de los que ignoran la religión, juntamente con el amor a los pobrecitos y me entregaba en cuanto podía a estas actividades apostólicas, que eran el punto más práctico de los estudios que iba realizando.
¿Cuándo se cuadraron plenamente mis aspiraciones?
Uy… creo que siempre hay cosas que no cuadran. Pero el 31 de julio de 1907, cuando recibí la Ordenación Sacerdotal, sentí que esa c de cuadrar era más que una palabra. Era mi encuentro con Jesús en el altar que iba a repetirse cada mañana hasta el día de mi muerte.
Era algo que deseaba con toda el alma.
Seguiremos con la D de Dedal.