Retazos
de mi vida
T de tiempo
Amigos, os puedo decir, ahora que ya se están acabando las letras de este abecedario, que lo que más caracterizó mi labor en los ocho o nueve años últimos de mi vida, fue mi actividad a favor de los pobres y enfermos. La caridad para con los pobres y necesitados llegó a ser para mí una obsesión, me faltaba tiempo para atenderlos.
Dios, dice Mn. Jacinto Verdaguer, es un Padre buenísimo, que ha repartido todos sus bienes entre sus hijos. De esta suerte, a los pobres les ha dado el cielo y a los ricos la tierra, con esta condición, que si los ricos dan a los pobres un pedazo de tierra, los pobres dan a los ricos un pedazo de cielo. Sólo quisiera ser millonario, para estar todo el día dando a los pobres por amor de Dios y morir pobre y abandonado.
Poco antes de comenzar aquel verano pensé que vale tan poco todo lo de este mundo que no sé cómo nadie piensa en ello y en cambio es cosa tan preciosa un acto de caridad por pequeño que sea que el oro de todas las minas del mundo y de todos los Bancos de la Plaza de Catalunya no basta para pagarlo porque la caridad es Dios. «Deus Charitas est» y Dios es infinito.
Y todo el tiempo que yo emplease era muy poco para pagar este infinito amor de Dios para conmigo.
Anoté al empezar el año 1926:
Voy a comenzar mi tercer cuaderno de las Crónicas de Caridad…, y yo ya he cumplido 51 años de edad. Por lo tanto, ya voy bajando. Pido a Dios nuestro Señor… la gracia de tener siempre un gran deseo de morir pronto para ir a gozar de Dios cuanto antes, y pasar todo el tiempo que me queda de vida haciendo actos de caridad, no para tener una gloria en el cielo; sino para dar gusto a Dios nuestro Señor, que gusta más de la caridad que de otra cosa alguna del mundo.
Mi anhelo era que los pobres comieran, vistieran y trabajaran para ganarse el pan. Reconozco que en ocasiones me costaba mucho pedir y alguna vez pensé no perder más el tiempo y no pedir nada a nadie. Pero, la verdad es que me esforzaba por tocar el corazón de los demás y sentía alivio cuando alguien me daba una limosna para repartir o me ofrecía un trabajo para el que lo estuvo buscando sin éxito.
Os puedo decir que, cuando hablaba de los pobres, el tiempo se me pasaba veloz y me olvidaba de todo el mundo. En el cajón superior de la parte izquierda de mi mesa siempre tenía de que echar mano para atender a las peticiones que me hacían o a las necesidades que veía y siempre con unas palabritas de consuelo que llevan muy poco tiempo darlas y que tanto aprecian los pobres. He comprobado que, si a un pobre que no le das limosna, pero le atiendes y escuchas con paciencia se va a veces más consolado.
Os cuento que hubo ocasiones en las que me llamaba por teléfono el Hno. portero anunciándome una visita. Yo me sonreía y, mientras colgaba el teléfono que tenía sobre la mesa, pensaba: ahora voy abajo a dar un duro a uno que me engaña. Viene cada semana y yo sigo haciendo el papel… Cuando le doy el duro, le hago un sermoncito. En el día de la muerte, puede que, acordándose de alguno de estos sermones, se convertirá y salvará su alma. ¿Verdad que vale la pena de que te engañen y por un duro salvar un alma?
¿Sabes? No pienses nunca que pierdes tu tiempo cuando estás delante de un enfermo o un pobre. Son el mismo Jesús.
Nos espera la U de Unión.
U de unión
Aquí, estamos de nuevo. Me preguntan cómo lo hacía para llegar a todo y a todos: una sola cosa, vida de oración, quería vivir en unión con Dios.
Indudablemente, de mi ardiente amor de Dios y de mi verdadera obsesión por los pobres y enfermos más necesitados, sacaba la fuerza necesaria para poner en práctica aquella interminable cadena de obras que realizaba. Sin embargo, este amor de Dios y del prójimo, que me comunicaba la fuerza que necesitaba, se renovaba constantemente y mantenía su vigor precisamente por medio de la oración y de la unión con Dios. Sin este espíritu de oración y sin esta íntima unión con Dios, hubiese sido absolutamente imposible mantener aquel ardiente amor a Dios y al prójimo, que constituía el resorte de mi actividad.
Al fin y al cabo, la oración no es otra cosa que una petición y súplica de lo que el hombre necesita, y yo, como perfecto servidor de Dios, conocía que necesitaba siempre de su ayuda.
Tenía un ansia por la celebración de la santa Misa y de la recepción de la sagrada Comunión, unirme a Cristo. Era vital, para mí.
Y, también, y de una forma muy especial, unirme a la Santísima Virgen, acudiendo a ella en todas mis necesidades. Os lo recomiendo. Si leéis las Crónicas de Caridad, veréis que están llenas de casos en que me dirijo a la Santísima Virgen en demanda de su intercesión y ayuda, sobre todo con el Rezo del Santo Rosario. Utilizaba con mucha frecuencia la Medalla Milagrosa de María, se la daba a los enfermos para fomentar en ellos la confianza en la Santísima Virgen y exhortarlos a suplicar su intercesión.
Otra forma de unirme al Señor, era con la devoción a los santos, especialmente a aquellos que admiraba de un modo particular, como son San José y Santa Teresa del Niño Jesús. A nadie sorprenderá que sintiera y fomentara en mí y en los demás una devoción muy particular; por un lado, a los Santos que más se distinguieron en la Compañía de Jesús, como San Ignacio de Loyola, mi fundador; San Alonso Rodríguez, el santo portero de Mallorca; San Francisco Javier, el gran apóstol de las Indias, y los tres Santos Jóvenes, patronos de la juventud; y, por otro, a los que sobresalieron por su amor a los pobres y enfermos, como San Juan de Dios, San Camilo de Lelis, San Vicente de Paúl.
Como síntesis de este deseo que tenía de unirme a Nuestro Señor, os dejo aquí el siguiente Acto de consagración, que escribí en mi Diario el I de enero de 1924:
Dios mío, os amo con todo mi corazón y deseo trabajar cuanto me sea posible para que os amen todos los hombres del mundo. Deseo cumplir en absoluto vuestra voluntad y conseguir el grado de gloria que me habéis preparado en vuestro reino. Todos los méritos de nuestro Señor Jesucristo me pertenecen y por esto os los ofrezco juntamente con los de mi madre, la Virgen, y de los ángeles y Santos del cielo y de la tierra.
Nuestro Señor Jesucristo nos dijo que todo lo que pidiéramos en su nombre nos lo concederías. Pues bien, yo ahora, en nombre de nuestro Señor Jesucristo y por intercesión de la Santísima Virgen y todos los ángeles y santos, os pido la gracia de conocer siempre claramente vuestra santísima voluntad y cumplirla en todo perfectísimamente. Os pido la gracia de estar siempre en vuestra presencia, atribuyéndolo todo a Vos, esperándolo todo de Vos, gozándome siempre y en todo que se cumpla vuestra santísima voluntad y haciendo todas las cosas puramente para agradaros a Vos. Os pido la gracia de vivir y morir en la Santa Compañía de Jesús, sin desear nunca ser tenido y estimado de los hombres.
Quisiera consolaros de la ingratitud de los malos y os ruego que me quitéis la libertad de ofenderos. Si caigo a veces por debilidad, vuestra divina mirada purifique al momento mi alma. Gracias, Dios mío, por todos los dones, que me habéis otorgado y especialmente por haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento. En el día del Juicio os contemplaré con alegría llevando en las manos el cetro de la cruz. Y puesto que me habéis hecho participante de esta preciosa cruz, espero parecerme a Vos en el cielo y ver brillar en mi cuerpo glorificado las llagas sagradas de vuestra pasión.
Después de este destierro, espero ir a gozar de Vos en la patria celestial; pero no quiero atesorar méritos para el cielo, sino trabajar sólo por vuestro amor con el único fin de agradaros, de consolar vuestro corazón, al que de nuevo me consagro enteramente.
Para vivir en un acto de perfecto amor; me ofrezco como holocausto a vuestro amor misericordioso, suplicándoos que me consumáis continuamente, dejando desbordar en mi alma los raudales de infinita ternura que en Vos se encierran. Sea yo, oh Dios mío, mártir de vuestro amor.
Quiero, oh Dios mío, en cada latido de mi corazón renovaros esta ofrenda infinitas veces, hasta que, al declinar de las sombras, pueda expresaros de nuevo mi amor cara a cara eternamente… Jacinto Alegre S.J.
Fiesta del Nombre de Jesús, I de enero de 1924. Por mediación de Sta. Margarita M. de Alacoque y de la Bta. Teresita del Niño Jesús, CD.
Os advierto que el hecho de haber escrito mi Acto de Consagración el 1 0 de enero fue intencionado. Porque el primer día del año, ahora celebráis la solemnidad de la Madre de Dios, pero antes tradicionalmente era la fiesta de la Circuncisión del Señor y del Nombre de Jesús. Esta fiesta era y continúa siendo la titular de la Compañía de Jesús y por ello la elegí para unirme de manera más estrecha con Jesús, mi verdadero Centro y Señor.
Os espero con la de V de Vigilia.