Retazos
de mi vida

F de fidelidad

Hemos llegado al año 1924. Antes de contaros lo que me pasó y aconteció en estos últimos 8 años de mi vida, creo que es bueno que haga un poquito de parada para que entendáis mejor la última y más importante etapa de mi vida. Se trata de que echemos una mirada de conjunto y examinemos desde aquí mi estado espiritual, mi vida interior cuando contaba ya con los cincuenta años de mi vida.

Es donde entra en juego esta fidelidad que os quiero relatar.

¿Cuáles eran mis más íntimos sentimientos? ¿Cómo enfocaba, espiritualmente, todos los trabajos que realizaba en mi apostolado con las almas, particularmente con los pobres y con los enfermos más necesitados?

¿Era fiel a Dios y a mí mismo?

Hay dos muletillas, en estos momentos, en mi vocabulario y, mejor, en mi vida, que os pueden dar un poco de pista de cómo me encontraba por dentro:

¡Con mucho gusto!, frase que me gustaba decir cuando se solicitaba algún servicio de mí.

Creo que, en mi casa, entre mis Hermanos de comunidad se me consideraba un hombre caritativo. Todos los que convivían conmigo sabían que estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio por los demás, por mucho que me costase. Era fiel a todos y en todos porque así era fiel a Dios. La consecuencia es fácil de deducir. Como todos conocían esta mi buena disposición, a mí acudían en cualquier dificultad o apuro, con la más absoluta seguridad de que lo resolvería, aun cargando sobre mí toda clase de molestias o sacrificios. Lo podéis leer constantemente en mi Diario. Unas veces es el rector; otras mi secretario o el sacristán o cualquier otro de la casa quienes me ruegan que los sustituya o que sustituya a otro en un servicio o que acuda a una llamada urgente. Aunque hubiese muchas dificultades, respondía con mi fórmula mágica “con mucho gusto». Esto llegó a tal extremo que me llamaban el Padre «con mucho gusto». Quería que la fidelidad de mi vida a la entrega que había hecho al Señor no fuese sólo teoría.

“Dios me lo pagará en la hora de la muerte”. Expresión que me salía espontánea y que me alentaba cuando tenía que enfrentarme con alguna cosa molesta o difícil.

Quería ser fiel en lo más arduo, en todo, incluso en lo que más me costase.

Se podría interpretar como interés propio por llevar una cuenta de las deudas que Dios tenía conmigo. Pero no era esa mi intención; yo sencillamente quería hacer una profesión de fe en la promesa del Señor que no dejará sin recompensa, ni un vasito de agua. Quería serle fiel.

Él no tiene nada que pagarme; soy yo el deudor por haberme dado la ocasión de servirle. Y no quiero faltar a esta cita de fidelidad.

Este era yo hacia el año 1924-1925. Mi alma estaba verdaderamente llena del amor de Dios, de donde sacaba la fuerza para practicar aquella intensa actividad apostólica en la orientación y dirección de los jóvenes y en la predicación popular, así como también en la caridad con los necesitados y enfermos. Ser fiel en lo poco para poderle ser fiel en lo mucho.

Avanzamos con la G de Gatear.

G de gatear

Si a lo largo de mi vida habéis podido observar una preocupación e incluso cierta preferencia por los pobres y necesitados, durante los últimos años, estos sentimientos se convierten en una verdadera obsesión. Así puedo explicar algunas anécdotas. Celebrando en 1925, en la intimidad familiar, las bodas de plata de matrimonio de mi hermana Elvira, no pude contenerme y les llamé la atención sobre lo que a mí me parecía un excesivo lujo en la comida, sabiendo que hay tantos que se consumen de hambre y necesidad. En 1927 en Múnich en uno de sus mejores museos de pinturas, la célebre Alte Pinakotek, al contemplar sus grandes salas, me entretuve calculando cuántas camas para enfermos cabrían en cada una de ellas.

Realmente, os puedo decir que, sobre todo durante los últimos años de mi vida, sentía una especie de locura por los pobres y enfermos, podéis llamarla la locura de la caridad. Gateaba por ella para poderme encontrar con el Dios que me había llamado.

Al comienzo del año 1925, en un arrebato de caridad, me dirigía al Señor con estas palabras:

Señor, concédeme que, en el día del juicio, al ser presentado el libro de mis pecados, estén todos borrados con una verdadera penitencia y no queden en él escritos más que los actos de caridad y amor de Dios y del prójimo por amor de Dios. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad. Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad nada me aprovecha… Cuando apenas los justos están seguros, ¡qué alegría la mía a pesar de ser tan gran pecador, si al morir puedo presentar ante el tribunal de Dios todos los actos de caridad que voy haciendo durante ésta mi cortísima vida y dejo escritos en esta Crónica de Caridad, la que ya comienza ahora el año quinto y que nadie puede leer más que yo y el Juez Supremo de vivos y muertos, a quien pido me perdone antes del día de la cuenta cuanto haya hecho en ofensa suya en estos mismos actos y en toda mi vida!.

Sabía que para hacerme santo el único camino era gatear peldaño a peldaño por esta escala de la entrega. Y esto es lo que escribí el 26 de septiembre de ese mismo año 1925: Dios está escondido en cada uno de aquellos pobrecitos. El principal propósito que he sacado este año de los Ejercicios ha sido amar a Dios con todo el corazón. Como soy tan tonto, que no sé amar a Dios en sí mismo, como yo quisiera, me he de contentar en amarle en sus imágenes que son los pobrecitos.

La verdad es que yo estaba enamorado de los pobres, a quienes miraba y consideraba como representantes de Jesucristo; los contemplaba como otros Cristos, y por eso los quería tener constantemente ante mis ojos, me sentía muy preocupado por los múltiples problemas relacionados con sus pobrezas y sus sufrimientos.

En todos mis actos, pensamientos, conversaciones y en todos mis sermones quería dedicar una parte a la caridad, pues, como os he dicho antes, los pobres eran para mí tan vivamente la imagen de Jesucristo, que si no por la fe, parecía como si ciertamente lo viese en ellos, y cuando tenía que contar algún caso de los que socorría me invadía una ternura tal que me llenaba de consolación.

Cuando hablaba de los pobres me olvidaba de todo el mundo.

Para mí la caridad no era sólo salir al paso de las necesidades corporales del pobre, aunque fuese una de las bases principales para practicar esta virtud. Una sonrisa, un rostro afable, una visita a los pobres en sus domicilios, ayudándoles más para complacerles que para socorrerles materialmente, escuchar a tiempo y a destiempo. esto lo agradecían más que una limosna. Yo quería, así, llevarlos hasta el Señor.

Cuando el Hno portero me llamaba anunciándome una visita sabía que iba a dar un duro a uno que me engañaba. Venía cada semana y yo seguía haciendo el papel. Cuando le daba el duro le hacía un sermoncito. En el día de la muerte, puede que, acordándose de alguno de estos sermones, se convertirá y salvará su alma. ¿Verdad que vale la pena de que te engañen y por un duro salvar un alma? Seguiremos con la H de Hilar.

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