Retazos
de mi vida
J de juntos
Como os decía el día anterior, mi opción era claramente por los enfermos y entre estos los más pobres. Por ello comprenderéis rápidamente mi deseo de hacer las peregrinaciones juntos a Lourdes. Como ya escribo en mi Diario hice diez, desde 1922 a 1930, la última cinco meses antes de mi encuentro con el Padre.
En todas ellas mi único objetivo era estar al servicio de los enfermos, ya que iba precisamente como Padre Espiritual. Estas peregrinaciones eran para mí una de las pruebas más significativas de mi amor a Jesucristo pues nunca pensé en la capacidad de sacrificio y de aguante de mi naturaleza.
Os cuento algunas cosas que recuerdo de estas peregrinaciones.
La primera cosa que recuerdo es 10 que anote en mi Diario el 31 de mayo de 1922:
Me ha dicho el P. Ministro que iré a Lourdes con el P. Pijoan y los peregrinos, juntos en un mismo proyecto. Que la Santísima Virgen nos alcance muchas gracias espirituales a todos y aquellas corporales que nos convengan para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Yo le pido para mí el don de convertir pecadores, aún aquellos más empedernidos, de quienes habló el Corazón de Jesús a Santa Margarita María. Señor, también te pido muchos milagros, si conviene, especialmente aquellos tres que ya sabes. Pido para todos los Congregantes y penitentes la perseverancia final, y como medida infalible, la Comunión semanal y diaria. Creo me ha alcanzado esta gracia de la Virgen aquel pobrecito de los pies rotos, a quienes hace años visité, y éste ha sido admitido entre los enfermos y deseaba mucho que yo fuese. Juntos caminamos hacia el cielo.
La Hospitalidad Diocesana de Nuestra Señora de Lourdes organizaba periódicamente, por lo menos una vez al año desde Barcelona, en la que algunas veces, según atestigua el P. Vergés, llegaron a juntarse 25000 peregrinos que acompañaban a varios centenares de enfermos, hasta 700 u 800. Generalmente los presidía algún Prelado, acompañada de algunos sacerdotes y caballeros distinguidos de la ciudad o de Cataluña. Juntos al encuentro de María.
Os puedo decir que, puesto en marcha el convoy, iba anotando interesantes observaciones sobre el paisaje y las poblaciones que iban pasando. Pero deciros, primero, que en esta Peregrinación iba junto con dos simpáticos compañeros congregantes, Borrás y Benister, de los cuales éste último me propuso que podíamos aprovechar los siete días de peregrinación para hacer una especie de Ejercicios: Comenzamos por hacer en el tren la meditación del Principio y Fundamento y los Tres pecados. Después, en Lourdes, no pudimos seguir; pero allí todo eran Ejercicios.
Otra observación: después de notar que, mientras el tren se deslizaba a gran velocidad a lo largo de la noche, fue pasando por Perpiñán, Carcasona, Toulouse, etc., no pude pegar un ojo en toda la noche y cuando el tren paraba iba a ver a mis enfermitos, cerciorándome de que estaban bien.
Os quiero confesar una cosa en los escritos que hacía en estas Peregrinaciones, insistía de un modo particular en la conversión de los pecadores, juntos teníamos que honrar a Nuestra Madre. De hecho, del mismo modo que proponía como objetivo principal de estas peregrinaciones la mejoría o curación de los enfermos, así presentaba también la conversión de los pecadores. Y de la misma manera que en mis más íntimos desahogos con Dios y con la Santísima Virgen de Lourdes pedía con toda mi alma la curación, el consuelo y el aliento de los enfermos, suplicaba igualmente la conversión de todos los pecadores, particularmente se encontraban algunos entre los mismos peregrinos.
Nos encontraremos con la L de Limosna.
L de limosna
En esta ocasión os quiero contar algo que me preocupa mucho. Se trataba de la obligación que tienen los ricos de dar limosna a los pobres o necesitados. Para mí esta obligación era grave, y no sólo en los casos de mucha necesidad, sino de una forma permanente.
La verdad es que al vivir en Barcelona, tenía ocasión de ver con mis propios ojos, por un lado la opulencia, los lujos y los despilfarros de los ricos, incluso de personas profundamente católicas, y por otro, la extrema necesidad, la miseria y abandono de innumerables familias en las barracas de los extremos de la ciudad. Más aún: me veía obligado a ver constantemente los sufrimientos de las clases bajas de la sociedad y el hambre que padecían innumerables seres inocentes y hombres sin trabajo. Y frente a todo este panorama de miseria, de hambre y de sufrimientos de todas clases, veía que eran poquísimos a los que se les conmovían las entrañas y se esforzaban en aliviar en lo posible tanto dolor y enjugar tantas lágrimas. En cambio, la inmensa mayoría de las personas que poseían los medios para socorrer, e incluso para hacer desaparecer tantas necesidades, se contentaban con hacer alguna insignificante limosna. Y seguían con su vida de lujo sin apenas conmoverse por las necesidades de los pobres.
Deduje que el motivo inmediato de que la mayor parte de los ricos no socorran a los pobres o los socorran muy poco, es porque no conocen todo el alcance de sus sufrimientos y miserias. Así pues, no sólo hay obligación de socorrer a los pobres, sino también de enterarse de sus verdaderas necesidades. Sabiendo, como saben, que existen estas necesidades, sino procuran seriamente enterarse de ellas, ya faltan a su obligación.
Apuntaba en mi diario:
Sería un error decir que todos los ricos están obligados a socorrer siempre a todos los pobres en todas sus necesidades, porque esto es imposible. Pero no lo es menos afirmar que solamente tienen los ricos esta obligación bajo pena de pecado mortal cuando el pobre se halla en extrema necesidad, es decir, casi nunca. Si pues el precepto de la limosna forma parte del precepto de la caridad, el que falta al precepto de la limosna falta al mayor y primero de los mandamientos: pues falta al segundo que, según nuestro Divino Salvador en el Evangelio, es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Es posible que, movido por aquel espíritu de caridad y amor al pobre y necesitado, que guiaba todos mis pasos, exagerara la nota sobre la verdadera obligación de dar limosna o socorrer a los necesitados. Pero es claro que en el fondo proclamaba una profunda verdad: que hablando en general y poniendo aparte algunas maravillosas excepciones, los ricos se quedan cortos en las limosnas y socorro a las inmensas necesidades existentes en el mundo e incluso en torno a cada uno de nosotros. Pero lo más importante y trascendental es que todos ellos tendrán que dar cuenta de esta conducta ante el soberano juez de vivos y muertos.
¡Uy! No quiero que os canséis.
Nos encontramos con la LL de llamada.