Retazos
de mi vida
LL de llamada
Yo preferiría el anonimato, pero todo sea para mayor gloria de Dios y provecho de los pobres de Jesucristo que es para lo que el Padre bueno me ha llamado.
Os he hablado de la obligación de dar limosna.
Para mí toda esta campaña a favor de los pobres y necesitados era la llamada que Dios me hacía. Así que aprovechaba todas las oportunidades que tenía para propagarla.
Por ello cuando me propusieron ir a Roma, tenía dos objetivos claros, hablar con el R. P. General de la Compañía de Jesús con el fin de que recomendara a los Jesuitas, particularmente a los moralistas y predicadores, que inculcaran a todos, esta obligación; y por otro, conseguir igualmente del Santo Padre que hablara también de esta situación.
Los dos objetivos los pude llevar a cabo.
Os cuento como fue mi audiencia con el Papa Pío XI.
Cuando acabó mi entrevista con el R. P. General me reuní con los Sres. Zaragoza. Dimos juntos unas vueltas por la Ciudad Eterna y, al llegar de vuelta al hotel, un mensajero me anuncia de parte del P. Vergés que fuese rápidamente al Vaticano, donde teníamos a la una audiencia con el Papa. Lo viví como una llamada fuerte del Señor.
Salí, pues, en seguida en un taxi y, pasados algunos apuros en la entrada del Vaticano, llegué por fin a la sala donde me esperaba el P. Vergés. Había llegado para mí el momento más solemne de mi peregrinación.
No tuvimos que esperar mucho. Oímos que hablaba en la sala del lado. Nos arrodillamos. Yo rezaba con fervor por mis queridos pobres, que es lo único que me preocupaba durante todo el viaje.
El P. Vergés me presentó como el Director de la Congregación Menor de Barcelona para congregantes pequeños, y el Papa sonriendo me miró, y yo no sé cómo fue que, sin haberlo pensado antes, de repente, sin reflexionar, como tenía a los pobres en el corazón, le dije: Le pido una bendición para los pobres. Mi llamada llegaba al Santo Padre.
Al oír estas palabras el Papa, como si se inmutase, dio un paso atrás y levantando los ojos al cielo, dijo no sé qué palabras de amor para los pobrecitos, que yo no entendí bien. Pero lo que entendí perfectamente es que, fijándose en mí con ternura, me decía que me concedía aquella bendición pedida para los pobres; pero la concedía de todo corazón y concedía una bendición, pero muy particular, especial y abundantísima.
Salí del Vaticano muy complacido, con una alegría interior que no me sabía explicar. Creo que esta bendición que el Vicario de Cristo me había dado para los pobres, habría de producir frutos incalculables. El Padre Dios me seguía llamando.
Seguimos con la M de Mirada.
M de mirada
Entre las nuevas actividades que desarrollé durante los años de 1924 a 1930, me gustaría destacar el haber podido acompañar espiritualmente a muchas personas: obreros, sacerdotes, obispos, hombres de negocios, estudiantes… mi intención era llevarlos a Dios y que descubrieran la mirada que el Padre bueno les dirigía.
Había un buen número de jóvenes procedentes de la Congregación Menor, que supieron captar esta mirada de amor y con una respuesta generosa ingresaron en distintos institutos religiosos, especialmente la Compañía de Jesús.
Yo quería que, en este punto, mi labor fuera muy prudente, pero al mismo tiempo eficaz y a veces, incluso, decisiva. Para ello no me bastaba sólo predicar con la palabra, tenían que ver en mi conducta, tanto mi deseo de perfección religiosa como un ideal de humana felicidad. A veces lo lograba y a veces no, pero yo seguía intentándolo.
Yo no quería, de ninguna manera, adelantarme a sugerirles el estado religioso o a impulsarles hacia él, solamente después que ellos habían hecho la opción, procuraba fomentar lo que yo llamaba la gracia especial de la vocación religiosa y sólo entonces ponderaba ésta como una predilección de Dios, una mirada de amor.
Cuando reconocía la divina vocación al sacerdocio o a la vida religiosa en alguno de mis dirigidos y me aseguraba de la correspondencia de éste a la gracia especial de la vocación, me constituía en su más fiel custodio. Acordándome de las luchas, que yo mismo había tenido que mantener por ellas, y conociendo a fondo las dificultades que suelen oponerse a su realización hacía todo lo posible para ayudar a mis dirigidos hasta que conseguía verlos en el seguro puerto del noviciado, seguros de que la mirada de Dios se hacía fortaleza.
En cuanto al acompañamiento espiritual a otras personas, os cuento algún ejemplo.
Tuve una unión especial con el Dr. Juan Bautista Rosset, Yo le dije en una de nuestras conversaciones que sería el Médico-Director del Cottolengo.
En aquel momento eran palabras un poco sin sentido. Pero años después, fundado el Cottolengo, desde el cielo ya vi como el Dr. Rosset era el Médico-Director. Dios tenía su mirada en él.
También sé que tuve mucho que ver en la vida de D. Antonio Jordera Hernández, le conocí enfermo de mal de Pott y sé que luego se distinguió en la Dirección del Hospital Clínico de Barcelona.
Os dejo con sus palabras para que veáis como Dios se valió de este pobre instrumento que soy yo para darle su mirada de amor:
«Yo estaba con enfermedad incurable, desamparado de familia y relaciones. Se me presentó el Padre Alegre, y he de confesar que mi fe no sólo estaba vacilante, sino casi apagada. Trabé relación con él y poco a poco se me robusteció. Yo estuve en cuatro peregrinaciones a Lourdes… y él nos acompañaba. Todavía recuerdo con emoción aquellos sermones sencillos, claros y convincentes que nos predicó en la gruta. El tema principal era siempre la fe y la cruz, o sea, creencia en Dios, esperanza en Él y soportar los sacrificios que nos impone la vida. El primer año fui conducido en camilla. El segundo y tercero con muletas, y el cuarto con bastón. Siempre recibí el consuelo del P. Alegre y esto arraigó en mí la fe en Dios… Cuando vine a Barcelona, unido ilícitamente a una mujer e incurable, ella me abandonó y sospechó que había otra fuerza que me alentaba… Eran los consuelos y consejos del P. Alegre, que siempre me inculcaba la esperanza de obtener la protección de Dios y alcanzar el cielo…”
Son miradas de amor de un Dios que nos quiere con locura.
Seguiremos con la N de Navegante.