Retazos
de mi vida

H de hilar

Si los pobres y necesitados ganaban mis simpatías, los enfermos me atraían más todavía y cautivaban todo mi cariño. Esta obsesión mía por hilar fino en caridad estaba volcada en los enfermos y, por encima de todo, en los más pobres, en los incurables, en los más necesitados, y que, por estas causas, se encuentran más solos y abandonados.

Pensaba que me tenía que sobreponer a toda clase de dificultades y estar siempre preparado para acudir inmediatamente si la necesidad de un enfermo así lo exigía.

Esto lo realizaba, por un lado, por medio de las visitas y auxilios más o menos urgentes a los enfermos en sus domicilios privados, incluso en las barracas de los más humildes trabajadores; por otro lado, en las casas de beneficencia y, sobre todo, en los grandes hospitales. Mis continuas visitas al Hospital Clínico fueron la antesala que preparó y fue hilando la idea, el plan de la fundación del Cottolengo.

Hoy os cuento algunas de mis visitas individuales entre 1921 y 1930. Hacía muchas correrías por Barcelona en busca de los enfermos necesitados de ayuda. Cuando salía a visitar a determinados enfermos caminaba con ansiedad y sufría porque sabía que me podía encontrar con casos de urgente necesidad espiritual o física. Quería hilar con misericordia infinita como el mismo Jesús lo hizo.

Os transcribo un caso del 4 de agosto de 1924 que tengo en mi diario:

Ayer domingo, pase toda la tarde haciendo actos de caridad. Me dijo el P. Ministro si podría meter un tísico en el Hospital Clínico, cosa bastante difícil. ¡Gran pecado de Barcelona, no tener un hospital para tísicos, ya que hay tantos y nadie los quiere! Tomo el sombrero y el manteo y me voy yo mismo al Hospital Clínico.

La Hermana encargada de los tísicos me dijo que se interesaría para que la primera cama que hubiese, fuera para el pobre de P. Ministro, que aún está en Francia, en el hospital, y allí le han dicho que, si no se marcha, lo echarán. Es un emigrante. ¡Pobrecito! Nadie lo quiere, y ¡tanto como lo quiere Dios!

La verdad es que, aunque dedicaba gran parte del día a las obras de caridad no podía dar abasto a las peticiones de ayuda, sin embargo, hilando con paz y tranquilidad procuraba satisfacer, en la medida de mis fuerzas, a todos los que buscaban algún consejo y orientación en su vida, y consolar alentar y ayudar en todo lo que podía a los que estaban en verdadera necesidad.

Os cuento otro caso que relato en mi diario.

(18 de septiembre de 1928) Hace dos días vino una señorita a contarme esta historia. Un matrimonio inglés; tres hijos pequeños y la abuela ciega. Riñen y se marcha el padre. La madre se gana muy bien la vida. Toma la vacuna contra el tifus y lo coge tan fuerte, que muere a los ocho días. Queda la abuela ciega y los tres niños pequeños muriéndose de hambre. Aquella señorita se compadece; les da todo lo que puede. Su marido no quiere que les dé más. Hoy ha vendido su librería para poder darles algo; porque les da pena verlos morir de hambre. Viene y me lo cuenta. Di lo que pude. Es nada. La mando a Sor Ángeles para que lo arregle. Le doy una tarjeta para la Sra. Vda. Amat para que los recomiende a las Conferencias de San Vicente. Acabo de recibir carta del mayor de los nietecitos con letras de garabato, que me da las gracias.

Bueno os dejo. En la próxima os contaré mis visitas a los hospitales.

Y seguiremos con la I de Imagen.

I de imagen

Ahora os quiero contar la importancia que llegaron alcanzar en mi vida las visitas que realizaba a los grandes hospitales de Barcelona. Precisamente estas visitas son las que más tiempo me ocuparon durante los últimos años de mi vida. Y la verdad es que, aunque asistía de hecho a todos los enfermos que pedían o necesitaban mi ayuda, tenía mis preferencias por los más abandonados, los más pobres y necesitados, aquellos a quienes nadie visitaba, para mi eran la imagen del mismo Jesús. Precisamente de esta inclinación a los enfermos más abandonados y necesitados de afecto y de cariño, surgió la idea de fundación de un hospital o institución especial para ellos, cuyo resultado es lo que vosotros conocéis como el Cottolengo del P. Alegre.

Al Hospital Clínico solía ir sistemáticamente los miércoles y, posteriormente, los sábados. Otros días visitaba otros hospitales y numerosos enfermos en sus domicilios particulares, en sus imágenes descubría al Cristo paciente.

El 25 de marzo de 1921 escribía en mi diario:

El miércoles Santo fui al Hospital Clínico, como todos los miércoles. Vi a un pobre hombre, ferroviario, a quien un tren cortó las dos piernas ayer. ¡Pobrecito, y cuánto padecía! Parece muy buen hombre. El mismo pidió confesión antes de la operación, que le hicieron inmediatamente. Cuando lo trajeron en la camilla de la ambulancia, aún le colgaban las piernas rotas. Hoy pedía la Comunión. ¡Pobrecito! Tiene mujer y cinco hijos; el mayor, de 14 años. Lo consolé como pude, con el recuerdo de Jesucristo clavado en su cruz, y le di a besar el Crucifijo. Dios me lo pagará en la hora de la muerte. Así lo espero.

He dejado escritas muchas relaciones sobre las visitas ordinarias que hacía al Hospital Clínico, os quiero contar alguna de las que hacía a los enfermos más pobres, tísicos e incurables que ordinariamente se encontraban solos y abandonados, ya os he comentado que eran la imagen que me llevaba a Jesús.

El 16 de febrero de 1925 anotaba en mi diario:

El sábado fui al Hospital a ver a los Hermanitos de Cristo, mi Señor, que me lo pagará como si le hubiese ido a ver a El mismo. En la sala de tísicos encontré que se estaba muriendo aquel jovencito tan bueno, que está junto a la puerta. Cada sábado se confesaba. Le hice muchos encargos para cuando llegara al cielo, que será pronto, quizá ya está. Me dijo se acordaría de mí. Confesaron algunos otros, como de costumbre. Encontré uno nuevo, joven de 16 años. Es mecánico. Otro, muy refractario, que dice que no cree en nada. Tiene un hermano Carmelita. ¡Qué lástima! Dios nos asista. Se necesita un milagro. Dios lo haga, que es el único que puede hacerlos. Ni siquiera quiso recibir la medalla Milagrosa.

Después fui a la sala del Dr. Trías. Se confesaron todos menos uno que ya lo hizo hace días. Nada de particular. Aquel joven a quien han cortado una pierna y le duele como si aún la tuviera. Resignado. Un chico de 15 años, que no ha hecho la Primera Comunión. El Blasquito, como siempre.

En las visitas al Hospital Clínico encontraba cosas maravillosas y actos de caridad muy grandes, de éstos que gustan a Dios; pero apenas tenía tiempo de escribirlos ni de pensar en ellos. En el cielo tendré tiempo y me alegraré y me encontraré con la imagen del Dios que he adorado en sus preferidos aquí en la tierra.

Desde el cielo os sigo escribiendo.

Nos encontramos con la J de Juntos.

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