Retazos
de mi vida
D de Dedal
A de amor, B de balanza, C de Cuadrar.
Y sigo, amigos, contándoos mi vida. Os quiero explicar lo que yo he llamado el período de la d de dedal.
Los años que siguieron a mi Ordenación sacerdotal, algo tan deseado y tan amado, fueron de vida oculta, casi, casi, hubo nueve años, entre 1904 y 1918 que podrían caber en un dedal si os tengo que señalar las cosas que pasaron en ellos.
Terminada la Tercera Probación, a mediados de julio de 1909, fui destinado al Colegio del Sagrado Corazón en la calle Caspe de Barcelona. Ya había pasado allí tres años, entre 1901 y 1904.
Y al igual que una modista no puede prescindir de dedal, así yo estuve ligado al Colegio de Caspe toda mi existencia. Era el dedal que Dios me ofrecía para poder encajar mi humilde y sencilla vida.
De mi estancia en este colegio salieron los destellos que me hicieron ver la necesidad de hacer algo por los pobres y enfermos, era la luz que alumbraba los preparativos del Cottolengo.
Os decía que lo que había pasado en estos años podía entrar en un dedal y así es. Hubo de todo: incomprensión, vida oculta, dificultades, fracasos. Dios quería que la obra que iba a poner en mis manos se basará sobre la roca de una larga incomprensión, que muchas veces pensé que llevaría a un gran fracaso.
Cuando acababa de incorporarme al colegio, en julio de 1909, empezó la Semana Trágica de Barcelona.
Fueron días de pánico. El colegio pudo librarse gracias a la Providencia de Dios. Y nosotros, los jesuitas, tuvimos que escondernos. Mi familia nos ayudó mucho. El día de San Ignacio, ya todo el peligro había pasado.
Creo que, de estos años, es la única nota que se puede resaltar como importante en mi vida.
Después, todo era un trabajo monótono y oculto a los ojos de los demás. El cargo principal que me confió la obediencia durante aquellos nueve años fue el de Inspector, es decir, vigilante de la disciplina de los niños.
Y daba alguna que otra asignatura a los más pequeños. Todo cabía en un dedal pero no me quedaba tiempo para ninguna actividad apostólica que yo tanto añoraba.
Di gramática y aritmética, pero siempre a los más pequeños.
Y en 1914, además del servicio de Inspector me quedé en ser Suplente para las escuelas.
De verdad que, humanamente, no se podía descender más. Me fueron quitando las clases y en curso 1917-1918 quedé exclusivamente encargado de catecismo y gramática en la escuela preparatoria. Como veis, hasta me sobra dedal.
¿Qué cómo me sentía por dentro? Pues os podéis imaginar. Dios me iba trabajando interiormente. Tenía cuarenta y tres años, me encontraba en el punto culminante de mi vida y ya llevaba veinticinco años en la Compañía. Y mi ocupación durante todos estos años ofrecía muy poca variedad.
Yo me sentía, primero sacerdote, luego jesuita de cuerpo entero y dispuesto a emplearme a fondo en el trabajo que me asignaba la obediencia que para mí era el mismo Dios.
En 1918 realicé unos ejercicios con el Padre Magín Ginesta que dieron un nuevo rumbo a mi vida.
Yo estaba un poco acomplejado como resultado de una opinión desfavorable a mi persona. Y tenía una desazón difícil de explicar.
Quería superar aquellos sentimientos, tomando una decisión clara y definitiva y entregándome sin reservas al servicio de Dios, pero ¿cómo hacerlo? Me fui a hablar con el Padre Ginesta. Deseaba conocer claramente la voluntad de Dios y salir de aquel atolladero de ideas.
El Padre me dijo que Dios había permitido esas tribulaciones que estaba teniendo, porque me quería en un grado de santidad más alto.
Todo se fue haciendo cada vez más claro y luminoso. Y la gracia de Dios no dejaba de caer a raudales sobre mi alma y me infundía una fuerza extraordinaria, capaz de vencer todas las dificultades.
El dedal se empezaba a desbordar. Mi vida estaba del todo en Sus manos.
Nos encontramos con la E de Estirar.
E de Estirar
Sigo con el hilo de mi vida. Y lo hago con la e de estirar.
Ya os he contado como el año 1918 fue un año importante de mi vida porque empecé a descubrir la voluntad de Dios sobre mí.
Aunque seguía viviendo en el Colegio del Sagrado Corazón, me desvinculé de las tareas escolares.
Los superiores me dedicaron a la dirección de la Congregación Menor y al trabajo pastoral.
Mi destino fue a tiempo completo.
Con este nuevo trabajo que me encargó la obediencia, muy lentamente y muy a poco a poco, se fueron manifestando en mí nuevas e insospechadas dotes personales.
Desde el verano de 1918 me entregué de lleno a los nuevos ministerios. Había que empezar a estirar el tiempo y el amor. El primero y fundamental era el cuidado y dirección de la Congregación Menor. Esto llevaba consigo el trato íntimo, al que en muchos casos seguía la dirección espiritual de aquellos jóvenes, que se encontraban en la edad de la adolescencia, en que tanto se necesita un verdadero guía y orientador de la vida. Era confesor en el templo de gran parte de estos jóvenes y los atendía en mi despacho.
El segundo de mis nuevos ministerios era la instrucción catequética de los obreros.
Con la predilección que yo tenía por el pueblo sencillo y por la gente obrera fue unos de los trabajos más positivos y provechosos que realizaba. Como complemento del mismo, estirándome, desarrollaba alguna actividad apostólica más amplia, dando Ejercicios a muy diversos grupos de personas, dirigiendo pláticas a diversos centros y comunidades de religiosas y de un modo especial con la predicación sencilla, dirigida al pueblo cristiano en la Iglesia del Sagrado Corazón de la Compañía de Jesús.
El tercero de mis ministerios era el que me designaba como Visitador de los hospitales. Tampoco esta ocupación era nueva para mí. Muchas veces, anteriormente, había visitado principalmente el Hospital Clínico o algún otro de los más importantes de Barcelona. Por esta mi predilección por los enfermos y por los pobres, mis compañeros me designaban como el Padre de los pobres y de los enfermos. Esto que había sido mi «hobby» se convirtió en una de mis ocupaciones principales. Aquí, mi alma, se estiraba al máximo. Ya os podéis imaginar con que entusiasmo me tomé este nuevo ministerio que me asignaba la obediencia. Hasta el fin de mi vida se convertiría en una verdadera necesidad de mi alma, en una santa obsesión de mi espíritu.
Todos estos trabajos fueron para mí un cambio profundo, porque me sentía capaz, en mi pequeñez, de hacer cosas grandes por Dios.
Todavía recuerdo con cierto humor mis «Crónicas de caridad». Las escribí con la sencillez que me era habitual, sin pensar en que pudieran llegar un día a manos de alguien.
Pero a mí me ayudaba anotar muchos días las aventuras que había corrido por amor a mis hermanos. Lo que escribía eran cosas muy sencillas, que podría hacer cualquiera: visita de enfermos, confesiones, pláticas, encuentros, visitas…
Y así transcurría mi vida: sin perder el tiempo, dándome con prisa a los demás, estirando tiempo, dedicación, servicio, amor a Jesús…
Con paz interior y con alegría, aunque palpaba diariamente mi propia limitación y poquedad.
Así quedan reflejadas, día a día, mis ocupaciones, mis continuos desplazamientos, los Hospitales, las casas particulares, el Patronato de San Pedro Claver, la Congregación, en confesionario, los asilos de ancianos…
Seguimos con la F de Fidelidad.